03 de agosto de 2020
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Los turistas empiezan a volver a una Lisboa abocada al cambio

TURISMO PORTUGAL

Lisboa, 9 jul (EFE).- Todavía no hay cola en el Elevador da Glória ni terrazas abarrotadas, pero poco a poco los "tuk tuks" vuelven a circular y se escucha más que portugués en las calles de Lisboa, una ciudad que en los últimos años se ha volcado con el turismo y que ahora quiere recuperar espacios para sus vecinos.

Todo está preparado para recibir a los viajeros en medio de la pandemia: las terrazas montadas, los desinfectantes en la mano de los camareros y el sello "Clean & Safe", lanzado por Turismo de Portugal para identificar los establecimientos que cumplen los protocolos de higiene, en la puerta de tiendas y restaurantes.

Pero en la céntrica plaza de Rossio, normalmente un hervidero de extranjeros, se avistan sólo un puñado de visitantes con rostro perdido consultando guías turísticas.

Es el caso de Jim y Stéphanie, una pareja procedente de Bélgica que había planeado recorrer Portugal desde antes de la pandemia y que, al no poder cancelar sus reservas, ha decidido mantener el viaje.

Aterrizaron hace una semana -en medio de noticias sobre el aumento de la pandemia en Portugal, y muy especialmente en la región de Lisboa, que acapara dos tercios de los nuevos contagios- pero, de momento, no se arrepienten.

"Algunas de las reglas se siguen aquí mejor que en Bélgica. No puedes entrar en las tiendas o en los restaurantes sin mascarilla y la gente te pide que te desinfectes las manos", cuenta a EFE Jim, que dice que se siente "más seguro" que en su país.

La pareja vive una experiencia atípica de Lisboa, que por primera vez en décadas se puede visitar en pleno julio sin aglomeraciones ni filas de espera.

"Debería ser la temporada alta, pero está más bajo que en invierno", explica a EFE Leonardo, un guía de "free tours" que espera en Rossio que algún turista se interese por sus visitas guiadas.

"Normalmente los españoles vienen los fines de semana", comenta Leonardo, esperanzado en que el sábado la situación cambie.

Pese a la proximidad geográfica y las expectativas creadas por la apertura de la frontera común, el pasado 1 de julio, los españoles -la principal apuesta del turismo luso- son los grandes ausentes en estos días.

"Este año hay muchos menos turistas, muchos menos españoles. Normalmente estamos habituados a tener muchos españoles. Pero el turismo en general está con una caída de cerca del 90 %", relata a EFE José, uno de los responsables de una cafetería especializada en los famosos pasteles de nata.

La mayoría de las mesas del establecimiento están vacías. "Es un año para olvidar", lamenta.

Otros son más optimistas: "Ya se nota alguna diferencia con la apertura de fronteras, tanto con Europa como con España, hay más gente en la calle y la tienda funciona mejor", dice André Moreira, empleado de "Mundo Fantástico de la Sardina Portuguesa".

Esta tienda temática dedicada a las conservas de sardina, sembrada de luces, decoración de circo y hasta con un carrusel, es uno de los símbolos del "boom" turístico experimentado por Lisboa en los últimos años y ejemplo del cambio de la fisonomía de la ciudad.

En los céntricos barrios de Baixa y Chiado se multiplicaron las tiendas de souvenirs y los alojamientos de Airbnb, que sumieron a la capital en un proceso de gentrificación y expulsaron hacia la periferia a muchos lisboetas.

Las autoridades municipales quieren aprovechar el frenazo impuesto por el covid para lavar la cara a la ciudad y recuperar espacios para los vecinos.

"Ahora queremos traer de vuelta a la gente que es el alma de Lisboa al centro de la ciudad, al mismo tiempo que la hacemos más verde y sostenible", aseguró el alcalde, Fernando Medina, en un artículo publicado recientemente en el diario "The Independent".

El ayuntamiento va a lanzar programas para animar a los propietarios a reconvertir antiguos Airbnb en viviendas para "trabajadores esenciales", como personal sanitario, profesores o empleador del sector transporte.

De momento, los lisboetas han reconquistado las calles de su ciudad, y también las playas.

En Carcavelos, a media hora en tren de la capital, se escucha casi exclusivamente portugués. En un año normal, en julio, estaría abarrotada de extranjeros, pero ahora las toallas, estiradas con una distancia prudencial, son ocupadas por lusos y brasileños residentes, refiere Jorge Humberto, que acudió hoy a disfrutar de un baño.

Una impresión compartida por los empleados de restaurantes y chiringuitos de pie de playa.

"En este momento no sentimos turismo", cuenta a EFE Bernardo Moreira, hijo del dueño de una marisquería, que señala que han recibido ya a algunos franceses y alemanes.

El resto del verano se afronta con escepticismo y la esperanza puesta en el país vecino: "Es un año atípico, un verano que nunca antes hemos vivido con esta pandemia. No sabemos si los españoles van a irse de vacaciones fuera o si se van a querer quedar en España".

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