14 de novembro de 2019
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Los ecos de la inmigración española en Bélgica

ESPAÑA BÉLGICA

Bruselas, 19 jun (EFE).- La iglesia de Jesús Trabajador, en el barrio bruselense de Saint Gilles, lleva en sus cimientos la huella de la inmigración española en Bélgica: movidos por la fe y la añoranza de su tierra, decenas de mineros y sus familias edificaron en los años 1960 ese templo católico en honor a los obreros.

María Luz Higuera, hija de un minero y una modista vascos que emigraron a Bélgica a finales de la década de 1950, participó junto a su familia en la construcción de la parroquia, donde ha ejercido como catequista durante cincuenta años.

La construcción se llevó a cabo por vecinos españoles con la "estrecha" colaboración de residentes belgas, explica a Efe María Luz.

Saint Gilles era entonces un barrio obrero en el que se asentó una buena parte de los inmigrantes españoles que llegaron a Bruselas en las décadas de 1950 y 1960, la mayoría para trabajar en las minas, por lo que el nombre de la iglesia, Jesús Trabajador ("Jésus-Travailleur", en francés), es un homenaje a la clase obrera.

Desde su fundación, la iglesia está estrechamente vinculada a la asociación Hispano Belga, que trabaja para la integración de los inmigrantes, especialmente los de habla hispana, con actividades sociales, culturales, educativas y deportivas.

María Luz, que también es voluntaria en Hispano Belga, llegó a Bélgica desde Bilbao en 1958, con 12 años, después de que su padre obtuviera un contrato para trabajar en el turno de noche en una mina de la cuenca de Charleroi (Valonia).

Esto fue posible gracias a un acuerdo entre la España de Franco y la Bélgica del rey Balduino que permitió a miles de españoles emigrar de forma regular en las décadas de 1950 y 1960 para trabajar en las minas de Flandes y Valonia, en un momento en el que el régimen franquista controlaba estrechamente los flujos migratorios al extranjero.

La llegada de los mineros españoles a Bélgica se produce después de que el país iniciara lo que se conoce como la "batalla del carbón", una estrategia para impulsar la producción de ese combustible y relanzar la industria después de la Segunda Guerra Mundial, explica a Efe Anne Morelli, historiadora y profesora de la Universidad Libre de Bruselas (ULB).

Según Morelli, las condiciones de seguridad y de higiene en la mina eran "malas", pero los trabajadores recibían "un buen salario que se pagaba regularmente y había derechos sociales, subsidios familiares, vacaciones pagadas y derecho a pensión".

En total, 7.286 españoles emigraron de forma regular a Bélgica entre 1956 y 1965, de los cuales 6.869 trabajaron realmente en la mina (el resto desaparecieron, fueron declarados "incapaces" o una vez allí se negaron a trabajar), según los documentos que se conservan de la Federación Carbonífera de Bélgica (Fédéchar), a los que ha accedido Efe.

"Los belgas al principio desconfiaban de los extranjeros, pero enseguida éramos como una familia. Había una gran solidaridad entre los mineros e intentaban comprenderse con una mezcla entre los diferentes idiomas", recuerda María Luz.

La estación de Bruselas Sur (Gare du Midi, en francés), en Saint Gilles, solía ser la primera parada de los convoyes en los que viajaban los mineros españoles, que llegaban al país con una maleta de cartón en una mano y el pasaporte y el permiso de trabajo en la otra.

En los alrededores de esa estación se asentaron buena parte de los españoles que llegaron a Bruselas en los años 1950 y 1960, una época en la que proliferaron negocios, bares y restaurantes con especialidades de distintas partes de España, especialmente de Asturias.

Esos bares eran muchas veces la primera vía de contacto entre los recién llegados y la comunidad local y, como si de una sección consular se tratase, recibían orientación sobre cuestiones básicas del día a día en Bruselas.

También la iglesia de Jesús Trabajador fue clave para la integración de los extranjeros en el barrio de Saint Gilles: "Aquí hay calles enteras de españoles", subraya Maria Luz, que enseñaba la catequesis en francés para que los niños aprendieran el idioma y se integraran antes en la escuela.

Allí también acudían las familias para recibir ayudas sociales o información sobre cuestiones administrativas o laborales.

Los tiempos han cambiado mucho desde que se fundó la iglesia hace más de cincuenta años y en la actualidad residen unos 70.000 españoles en Bélgica, según el Consulado de España. El programa Erasmus y el trabajo relacionado con las instituciones europeas atrae hoy en día a muchos jóvenes que llegan a Bruselas buscando mejores oportunidades laborales.

La libertad de movimiento dentro de la Unión Europea (UE), el desarrollo económico y tecnológico y las facilidades actuales para aprender idiomas hacen que estos flujos migratorios sean muy diferentes a los de entonces, cuando los trayectos duraban casi un día en coche o en tren y no un par de horas en avión.

Ana Belinchón

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