20 de novembro de 2019
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Rohinyás con piernas nuevas, un impulso para rehacer sus vidas en Bangladesh

BANGLADESH ROHINYÁS

Kutupalong (Bangladesh), 24 ago (EFE).- La rohinyá Zinnat Ara tenía 7 años cuando durante su huida de la ofensiva del Ejército birmano en agosto de 2017 una explosión le cercenó una pierna, mutilando también un futuro que ahora ve más claro en un campamento de refugiados en Bangladesh con el impulso de una pierna ortopédica.

Su madre, Nur Ankis, rememoró a Efe aquel fatídico día, incapaces entre disparos y explosiones de detenerse un momento para curarla o intentar llevarla a un hospital.

"Todo el mundo corría para salvar su vida. No podíamos pensar en otra cosa. Sólo después de recorrer cierta distancia intentamos que dejara de sangrar con algunas hojas de árboles", añadió.

Fue el único tratamiento que recibió Zinnat durante los dos meses de huida por montañas y carreteras desde Rakáin, en el oeste de Birmania, hasta Bangladesh, a donde llegaron en un éxodo masivo que empujó a otros 738.000 miembros de esta minoría musulmana.

La niña había sobrevivido milagrosamente, pero en su nueva vida en Kutupalong -que con más de 630.000 habitantes se ha convertido ya en el mayor campo de refugiados del mundo- el día a día se limitaba a esperar en la precaria tienda de campaña, incapaz de salir a jugar con otros niños o desplazarse al centro de enseñanza más cercano.

Hasta que en febrero, con la ayuda del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), su vida cambió.

La ONG llevó a Zinnat a un centro de rehabilitación de discapacitados en la ciudad suroriental bangladesí de Chittagong y allí, tras las consultas preliminares, recibió una pierna ortopédica.

"Ahora que puedo ir a la escuela me siento muy bien", celebró Zinnat.

Aunque Mohammad Shaiful tiene tres años menos que Zinnat, comparte el mismo destino.

Una mañana, mientras acompañaba a su padre a un mercado en Rakáin, los militares birmanos les dispararon: el hombre murió y el niño resultó herido de bala en una pierna.

La madre del pequeño, Ayesha Begum, explicó a Efe que aunque su marido murió en el acto, un vecino hindú rescató al pequeño, que se encontraba gravemente herido, y lo llevó a casa.

Ese día, sin esperar a enterrar a su esposo, Ayesha huyó de casa mientras dos vecinos le ayudaban a cargar a su hijo.

En Bangladesh Shaiful recibió primero tratamiento en un hospital de la ONG Médicos Sin Fronteras (MSF), donde le amputaron la extremidad y, luego, tras enterarse el CICR de su situación, el pasado marzo le proporcionaron una prótesis en el centro de Chittagong.

"Estoy muy feliz de ver a mi hijo caminando. Ahora incluso puede jugar al fútbol con la pierna" ortopédica, dijo Ayesha.

Desde que comenzó el proyecto, el CICR ha apoyado a unos 113 refugiados con algún tipo de discapacidad en los campamentos de Bangladesh, además de organizar jornadas para identificar a aquellos que precisan ayuda, examinando a 259 personas y entregando ayuda de movilidad, como muletas y silla de ruedas, a 57.

"Aquellos con discapacidades físicas entre las comunidades de Rakáin tienen acceso limitado a servicios ortopédicos y de prótesis", explicó a Efe la portavoz de CICR Haiko Magtrayo.

La portavoz lamentó que la mayoría de organismos que intentan ayudar a los refugiados con alguna discapacidad "solo les están proporcionando dispositivos de movilidad, como sillas de ruedas y muletas, pero no prótesis".

Magtrayo aclaró además que proporcionan miembros ortopédicos no solo a aquellos que resultaron heridos durante la última crisis, sino también a los que no habían tenido acceso antes a ayuda.

Mohammad Alam, de 52 años, perdió las piernas en 1991 por la explosión de una mina terrestre en Birmania, cerca de la frontera, cuando hacía contrabando de bienes entre los dos países.

"Vine a Bangladesh en 1992 como refugiado y me dieron dos piernas artificiales en un hospital cristiano en Chittagong. Regresé más tarde (a Birmania) y dirigí en mi pueblo una sastrería", explicó a Efe.

Alam, que reemplazó sus piernas artificiales en Bangladesh cuatro años después, dijo que durante el estallido de la última crisis no tuvo tiempo de llevarlas consigo durante la estrepitosa huida.

"Me arrastré la mayor parte del tiempo. Cuando no podía, otros me cargaban", relató.

Hasta que al fin pudo reanudar su oficio de sastre en el campamento cuando, el pasado abril, el CICR le entregó dos piernas nuevas.

"Ahora puedo ganar alrededor de 150 takas (1,8 dólares) al día para mantener a mi familia. Sin estas piernas no sería posible", concluyó.

Azad Majumder

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